lunes, diciembre 8, 2025
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Por: La redacción

Una reflexión sobre la vida, la prisa y la calma desde el aeropuerto de Panamá.

 

Por Wendy Berroa Hernández

Hace unos años, durante unas vacaciones familiares en Orlando, Florida, tuve una experiencia que me marcó y me llevó a una reflexión profunda sobre cómo estamos viviendo nuestras vidas. Aquella vez, mi familia y yo disfrutamos de unos días maravillosos en casa de los familiares de mi esposo, quienes nos dieron un trato exquisito. Sin embargo, al regresar a casa, me encontré con una situación que me hizo pensar profundamente sobre la prisa y el estrés que tantas veces definieron mi vida.

Durante el vuelo de regreso, nuestra aeronave pasó por una serie de turbulencias, algo nada extraño, pero lo que me llamó la atención fue lo que sucedió poco antes de aterrizar. Mi esposo estaba sentado junto a la ventana, nuestro hijo en el asiento central y yo en el pasillo, una ubicación que siempre elijo porque me gusta observar todo lo que sucede a mi alrededor. Mi mirada, siempre pendiente de los detalles, se detenía en las nubes, el atardecer, la lluvia y, como siempre, en la naturaleza.

Sin embargo, lo que parecía un aterrizaje cercano pronto se tornó en algo confuso. Las azafatas caminaban de un lado a otro, se reunían en la pequeña cocina, y una de ellas incluso fue a revisar si había alguien en el baño. Miré por la ventana y, al ver una zona con casas y un gran tanque, me di cuenta de que dábamos vueltas sobre el mismo lugar. Pasamos por allí una vez… luego otra vez… y otra más. A la cuarta vuelta, no pude evitar susurrarle a mi esposo: “Algo pasa, estamos volando en círculos”. Él, sin creerlo, me respondió en voz alta: “No, estás loca, eso no puede ser”. Sin embargo, al observar detenidamente, se percató de que, efectivamente, ya habíamos dado cinco vueltas.

Al final, el piloto nos informó que había un problema en tierra por la lluvia y que estábamos esperando que habilitaran una pista para aterrizar. Yo, por mi parte, decidí no contar más las vueltas, pues entendí que no había nada que hacer sino esperar. Mi paz mental dependía de soltar el control, confiar en Dios y en la experiencia del piloto y en que todo saldría bien.

Cuando finalmente aterrizamos y nos dirigimos a esperar el siguiente vuelo, me senté en uno de los restaurantes del aeropuerto, observando a las personas que corrían por los pasillos. Algunas parecían urgidas, otras con la ansiedad reflejada en sus rostros, atrapadas en una carrera interminable. Y, en medio de ese caos, yo estaba sentada tranquila, respirando profundamente, agradeciendo a Dios por la seguridad de mi familia y por llegar a salvo en ese momento.

Ese espacio de paz, en medio de tanta prisa, me recordó una decisión que tomé ese mismo año cuando llegamos de Santo Domingo a Orlando: no dejarme arrastrar por la prisa de la vida y descansar en Dios y disfrutar mi familia y nuestras merecidas vacaciones.

Wendy Berroa

 

Serenidad: Un camino elegido

Elegir la serenidad no significa desconectarse del mundo ni ignorar las responsabilidades. Al contrario, es entender que no todo tiene que hacerse con prisa. Vivir con serenidad es tomar las riendas de nuestra vida con propósito, un paso a la vez, sin la constante presión de llegar rápido a alguna meta o de alcanzar algo a costa de nuestra paz interior. Se trata de darnos permiso para disfrutar el presente, incluso cuando la vida está llena de agitación. La serenidad se convierte en un estilo de vida consciente, donde cada acción tiene significado y cada momento es valorado.

Estrés: El acelerador incontrolable

Por otro lado, el estrés parece ser el compañero constante de muchas personas hoy en día. El estrés está íntimamente relacionado con la prisa, con la sensación de que el tiempo se nos escapa y de que nunca es suficiente. Vivimos con la creencia de que debemos hacer más, ser más rápidos, estar siempre ocupados. Pero, ¿realmente nos acerca esto a nuestras metas? Durante años viví atrapada en esa carrera sin fin, creyendo que solo a través del hacer muchas cosas podría alcanzar mis sueños. Sin embargo, lo único que logré fue perderme a mí misma en el camino y olvidarme de lo que realmente importa: vivir y disfrutar de cada paso.

El estrés nos consume, nos aleja de nuestro propósito y nos hace creer que siempre necesitamos más para ser felices. Pero lo único que conseguimos al vivir con esta constante presión es quedarnos sin energía, sin paz y, a menudo, sin el disfrute de lo que realmente importa.

Reflexión: ¿cómo estás viviendo tu vida?

Hoy, me gustaría plantearte una pregunta importante: ¿Cómo estás viviendo tu vida? ¿Estás atrapado en la constante carrera, sintiendo que el tiempo no te alcanza, o has decidido tomarte un respiro y construir una vida con calma, donde puedas disfrutar de cada avance sin que la prisa te devore?

Es fácil caer en la trampa del estrés, especialmente cuando la sociedad nos bombardea con la idea de que debemos ser productivos, rápidos, siempre estar haciendo algo. Pero la vida no se trata solo de llegar a algún destino; se trata de disfrutar del viaje. La paz interna no es un lujo, sino una necesidad. Es un recordatorio de que el presente, aunque fugaz, es lo único que realmente tenemos.

Entonces, te hago la misma pregunta que me hago a mí misma: ¿Qué vida eliges? ¿La que corre sin descanso, o la que camina con serenidad y propósito, confiando y de la mano de Dios? Tómate un momento para reflexionar. ¿Qué te gustaría cambiar para disfrutar más de tu día a día, sin sentirte atrapado por el estrés?

Porque, al final, lo que realmente importa no es solo adónde llegamos, sino cómo vivimos cada día y cómo lo disfrutamos.

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